Mariano Hueter es un creativo disciplinado e inquieto. Buscador incansable de historias, se expresa desde muy joven a través de los más diversos lenguajes artísticos. La música, la escritura y el cine son sus pasiones y la base de una carrera profesional exitosa que lleva adelante con inteligencia y talento.
¿Por qué decidiste venir a vivir a Pinamar
No sé si lo tengo bien claro. Creo que tiene que ver con que me enamoró el lugar en general. Durante la pandemia, nosotros compramos una casa con la idea de venir de manera turística y de alquilarla, incluso. Y hubo un período en el que tuve la oportunidad de quedarme más tiempo porque estaba escribiendo a distancia una serie para el exterior. Creo que en esas mañanas de escritura y de salir a caminar y de ver que había toda una vida por fuera de la temporada, que yo desconocía, me terminé enamorando de este lugar y empecé a proyectar una vida posible acá. Fui pensando cómo combinar con mi trabajo, que está en Buenos Aires, y si valía o no la pena el esfuerzo que iba a requerir… Por suerte, mi ex mujer y mis hijos me acompañaron a probar e hicimos el intento y nos terminamos convenciendo de que este era el lugar para vivir y por ahora tenemos planes de seguir estando acá.
¿Y qué fue puntualmente eso que te atrapó? Acá hacés surf, tenés una banda…
Hace tres años que estoy acá. Y lo que más me enamoró fue la idea de darles a mis hijos, Ludovico y Juana, una infancia similar a la que yo tuve. Yo me crié en Ranelagh, un lugar de casitas bajas, cerca de La Plata, en Berazategui. Ahí caminábamos por la calle, íbamos a buscar a un amiguito, le golpeábamos la puerta y nos quedábamos a jugar hasta tarde, andábamos en bici. Eso hoy no existe en el conurbano bonaerense, es una utopía; a menos que vivas en un barrio cerrado pero tampoco es lo mismo porque estás mucho más aislado. Entonces, ver que esa vida era posible acá me entusiasmó. Y después, en lo personal, me gusta mucho el contacto con la naturaleza, con lo artístico, son maneras de desconectar. Y tener eso a mano me pareció fantástico.
Ahora todo lo que vino después: el surf, el mar… lo fui descubriendo, no es que lo elegí. Viviendo acá me permití conectar mucho más con actividades como meterme al agua y surfear, que me parece algo hermoso. Estar dentro del mar y ver la ciudad del otro lado. Y la música es algo que traigo desde siempre, desde chiquito, tenía mi banda de adolescente en Buenos Aires. Y acá sentí que podía volver a conectarme con eso, que se pueden armar esas cosas, que hay gente para todo y que depende mucho de uno lo que sucede en un lugar.
¿Qué nos podés contar acerca del proyecto que empezaste a filmar acá este año y de cómo se fue desarrollando esa experiencia?
Se llama Un León en el bosque. Es una serie de ocho capítulos que se estrenó el 14 de noviembre en Argentina, Uruguay y Paraguay, en principio, y después llegará a otros países del mundo a través de Flow. Cuenta la historia de una familia que decide venirse a vivir a Pinamar, escapando del bullicio de la ciudad para tratar de darle una mejor calidad de vida a uno de sus hijos con autismo. En ese proceso se encuentran con un montón de otros problemas que no esperaban y con adversidades que tienen que ver con cambiar un poco la manera de pensar de una sociedad.
Es un proyecto muy importante para mí porque reúne algunas cosas personales: hay algo de la historia de mi sobrinito, el hijo de uno de mis hermanos, algo de mi historia, que me vine a vivir acá, de la historia de mis papás… como que mezcla un poco de todo. Pero también porque desde el día que llegué a Pinamar estuvo el deseo de filmar acá, con lo difícil que puede llegar a ser. Digo, nosotros trajimos un equipo de setenta personas, cuatro camiones, cerramos un hotel para vivir ahí durante un mes, y traíamos y llevábamos actores desde Buenos Aires. Fue un desafío y hoy es un sueño cumplido: hacer una serie que muestre este lugar que tanto me enamoró.
Trajimos la montaña a Mahoma en vez de que Mahoma fuera a la Montaña. Me pareció justo, me pareció una buena idea. Y fue muy lindo. Todo el equipo que vino a laburar se fue encantado porque los lugares están cerca, los paisajes son maravillosos, la gente es espectacular y fue una experiencia hermosa. Además, trabajamos con habitantes de la zona, actores, técnicos, proveedores, personas que se coparon y nos dieron una mano. Eso también le generó un clima y una energía muy linda a la serie, que se ve en la pantalla. Es una serie muy profunda, comprometida, y que el escenario sea Pinamar también la vuelve única.
¿El escenario inspira la historia o es al revés?
No, para mí es al revés. Yo siempre pienso, no sé, es mi método, pero yo siempre pienso en un problema. Mis historias generalmente abordan una problemática, algo que no me deja dormir o me hace pensar o me preocupa o me interesa. Ese problema me lleva a estudiar (a mí me gusta mucho leer, investigar, interesarme sobre algo). Y a partir de la problemática, me surge una historia. La historia para mí es la excusa para comprender ese problema: ¿A quién le sucede esto? ¿Por qué? ¿Qué cosas se ponen en juego?
En esta historia o en cualquiera. Hace muy poquito estrené en HBO una serie que se llama La mente del poder, en la que el protagonista es el psicólogo del presidente. La premisa tiene que ver con quién controla o quién influencia la mente de la persona que toma las decisiones más importantes de nuestra vida. La psicología es algo que a mí siempre me apasionó, me despierta un montón de cosas…
Otra serie, que se llama El Mundo de Mateo, fue una excusa para hablar sobre el bullying en la escuela, de los traumas adolescentes o de lo importante de esa etapa tan oscura que atravesamos todos en la adolescencia y que después forma nuestra adultez.
Entonces, primero aparece el tema y después el contexto. Lo que pasa es que en una realización audiovisual uno trata de mostrar todo de la forma más atractiva, más interesante, para captar la atención del espectador. Y los escenarios son la clave.
Lo que me gusta de Pinamar es que tiene una dimensión de pueblo y características de ciudad en la que puede suceder cualquier cosa. Cualquier historia se puede contar acá, desde un crimen interesantísimo hasta una historia de amor o una comedia. El lugar es precioso para usarlo como contexto.
En la mayoría de tus producciones, incluso en las más tempranas, los elencos están conformados por actores y actrices de primera línea. ¿Por qué creés que todos te dicen que sí?
Para mí son muy importantes los elencos. Yo estudié también actuación, muchos años, tengo toda una parte de actor que me sirve para entender cómo dirigir a los actores. A mí me enamoran los actores, me encanta la actuación. Y como director me pasa que muchos actores quieren trabajar conmigo porque les gusta cómo se sienten, están cómodos con un director que es casi como un actor. ¡También es cierto que hay algunos que me dicen que no! Combinar un elenco para hacer una filmación es muy difícil. Tiene que ver con las fechas, con el estado de ánimo, con el personaje que le ofrecés a ese actor, con el ego de ese actor… Lo que sí puedo decir es que la mayoría de los actores con los que me reúno quiere trabajar conmigo y siempre terminamos generando buena sinergia y laburando juntos en algún momento. Pero sí, es algo importante que yo no dejo pasar así nomás, no se lo delego a nadie. Hay directores que dejan en manos de los productores el armado de sus elencos. Para mí es una de las cosas fundamentales, sobre todo cuando yo escribo mis proyectos. Quién va a decir eso que yo imaginé y estuve meses escribiendo y cómo y a quién es clave. Cuando quiero transmitir un mensaje o generar una emoción, yo tengo pensado qué tipo de actor o actriz puede hacerlo. En el proyecto que filmamos acá, por ejemplo, siempre me imaginé a Julieta Cardinali y a Federico D’Elía como la pareja protagónica. Ellos nunca habían laburado juntos en esa condición y cuando les conté el proyecto les dije: “para mí son ustedes”. Hay arquetipos o personalidades que encajan mejor que otros en el relato de una historia.
¿Qué encontrás en el universo de construcción de las series que te seduce tanto?
El proceso creativo de una serie es súper amplio (una serie o una película o un comercial). De los proyectos audiovisuales, a mí lo que más me gusta es que mezclan un poco de todas las artes que me apasionan. Yo soy medio obsesivo de lo artístico: me gusta la escritura, me gusta la arquitectura, me gusta pintar, me gusta escribir, me gusta hacer música. Para mí el arte es lo que nos diferencia de los animales. La creación artística es propia del ser humano, aunque muchas veces lo tenemos invisibilizado. Sentarse a disfrutar de una obra o escuchar una buena canción son cosas que, a mí entender, nos definen como personas y un poco hacen que valga la pena vivir.
Entonces, cuando hago una serie, además de querer contar una historia y que la gente pueda ver algo que yo creé, lo que más me gusta es cómo el director se involucra en cada parte de esos procesos artísticos. Yo puedo estar horas con los músicos armando la música después de que terminamos de filmar, puedo pasar horas ensayando con los actores o escribiendo, puedo estar con la vestuarista diseñando los vestuarios… De hecho, ese es mi problema generalmente: que me cuesta limitarme en los tiempos y todo implica un presupuesto y un costo. Pero la pasión, en mi caso, va por ese lado. Disfruto mucho de todo el proceso, incluso cuando se vuelve estresante, tedioso o exige mucha responsabilidad. A mí me genera placer.
Desde la idea hasta la realización, según lo que nos contás, participás en todas las etapas del proceso creativo: escritura/ producción/ dirección. ¿Qué te gusta más de cada rol?
Sí, ahí hay algunas de las cosas que más me gustan de hacer una serie. Primero, está bueno decir que son procesos muy largos. La filmación es lo más corto. Uno filma durante dos meses, doce horas diarias, porque antes dedicó dos o tres años a preparar todo para condensar el trabajo en ese tiempo. Pero para esto estuviste dos años escribiendo un guión, investigando, buscando el dinero de la financiación, editando y postproduciendo. Entonces, si uno no quiere padecer este trabajo, sí o sí tiene que encontrarle un disfrute.
La parte de la escritura, que es la que se hace más en soledad, es la más linda para mí. Porque es el momento en el que todavía nadie te dice “no, esto es muy caro, no lo vamos a poder hacer; no vas a tener un helicóptero.” Mientras estás vos solo, escribiendo o diagramando o diseñando un mundo que existe solo para vos, todo es posible. Es muy difícil de explicar pero cuando uno escribe está efectivamente creando un universo: una casa en la que vive alguien, una calle por donde pasa tal persona, un colegio al que van ciertos niños, un mito que circula en un pueblo… Está inventando algo que no existe pero que, además, a diferencia de lo que ocurre con una novela o un cuento, lo está inventando para que un equipo de profesionales después lo construya, lo arme, alquile esas casas, revise esos decorados y lo vuelva realidad. Eso para mí es increíble.
¿Cuál es tu serie de cabecera, esa que te ubica en el lugar de espectador pero de la que hubieras querido ser autor?
¡Ay, no sé! Siempre me pasa que veo una serie y digo “yo hubiese hecho algo parecido o me hubiese gustado hacer esto”. Ahora se me ocurren cercanas: acabo de ver Ripley, que es una serie tremenda, toda afirmada en Nápoles, Italia. Es de alguna manera un policial y tiene intriga y es hermosa y muy fina, muy estética. Me hubiese encantado hacerla. Y obvio que me hubiese encantado hacer Breaking Bad, Los Sopranos, un montón de series…
También me pasa que veo muchas producciones que no entiendo quién las hizo, para quién o a quién les pueden llegar interesar. Y supongo que es porque trabajo en esto, que me voy volviendo más reticente o se me va generando como una coraza cada vez más gruesa y no es tan fácil que algo me guste. Y lo padezco, porque me cuesta cada vez más ponerme en el lugar de espectador. Me paso todo el tiempo analizando los hilos, el guión, las fallas. Hoy en día, lo que más disfruto es ver películas de chicos con mis hijos. Como yo no hago contenido infantil, saco todas las barreras. Me siento, veo Intensamente 2, lloro y soy yo.
¿Hay algún género en el que aún no hayas incursionado que te interesaría explorar?
Sí, la ciencia ficción. Lo fantástico o lo irreal, de alguna manera, me gusta. Es un género difícil de hacer acá en Argentina porque requiere de una cantidad de presupuesto y efectos que no siempre están disponibles. Pero yo soy fan de series como Stranger things y del cine de Spielberg de los ’90, que me parece maravilloso. Después hay un género que no exploro, porque no me siento cómodo, que es el de la comedia. Yo soy muy del policial, del thriller, hasta puedo hacer un drama romántico complejo. Pero hacer reír, para mí, es de lo más difícil. Yo me nutrí leyendo libros de policiales e historias, dramones de esa índole, y creo que un buen policial o una buena historia criminalística o un buen thriller no envejece. La comedia, en cambio, tiene mucho que ver con el contexto, con el momento, con lo que es gracioso en una época. De hecho, todo el humor de los ‘90 hoy me parece desagradable, completamente anacrónico.
La ciencia ficción es como un pendiente. Quizás algún día en el exterior, en algún proyecto… si tengo la suerte, estaría bueno.
En la época de las plataformas, las salas de cine han ido perdiendo algo de terreno. ¿Cuál es tu mirada en relación a esa situación? ¿Qué se gana y qué se pierde en esas dos formas de proponer el consumo audiovisual?
Yo tengo un amigo que es productor, que siempre que anda con poco laburo me llama y me pregunta cómo veo la industria. Porque dice que soy demasiado optimista. Me dice: “si vos algún día me decís que la ves mal, es porque está realmente mal.” Yo le veo el lado bueno a las cosas y si bien es cierto que cada vez menos gente va al cine, también es cierto que es el momento de la historia de mayor consumo de películas y series en el mundo. Entonces existe esa contrapartida. Nuestro país, puntualmente, está en el punto más alto de producción en cuanto a la calidad de series.
Creo que la tecnología y los usos y costumbres van avanzando de una manera que a uno no le gusta tanto, a veces, pero que, si se aprovechan bien, pueden tener su beneficio. A mí me encanta ir al cine, me encanta sentarme a ver una película, pero también es cierto que ayer me vi cinco horas de una serie alemana a la que no hubiera podido acceder sin las plataformas. O que cuando, con muy pocos años de edad, estrené El mundo de Mateo, una de mis primeras series, se vio acá y gracias a su llegada a través de las plataformas se vendió rápidamente en casi 20 países del mundo. Y eso después me abrió la oportunidad de estrenarla en el Festival Internacional de Series de Berlín y proyectarla en un cine en Berlín.
Entonces, hoy en día las series se ven en cines, en festivales, en otros lugares del mundo. Yo creo que lo importante es que siempre haya algo bueno que contar, que uno tenga contenido disruptivo, distinto y de mucha calidad. Mientras eso suceda, habrá gente deseosa de ver. Porque lo que generan las plataformas, además, es que nos acostumbran a ver más contenido, de mayor calidad y de cualquier parte del mundo. Eso obliga a elevar la vara y producir más y mejor contenido.